LXXXII. Cuchillos de Cortes
Cuchillos de Cortes
¿Qué llegarías a decirme en la cara?
Cuando menos me preparé, regresaste,
Daba todo por satisfecho, pero acechaste
Como cuervo a degastar a su presa.
En un golpe de gracia que de vuelta
Ahora se encontrará donde ya habían dado de alta.
El pasado parece querer agarrar mi mano,
Y como si tejidos y nervios hayan concordado
En su propio momento entendí que esto no ha acabado,
Que tú nunca has adjudicado; tú, con quien jamás he curado.
Con tus juguetes filosos, tus gustos culposos,
Me marcabas con la daga en desgastados labios.
Posesión que desechabas para tus chistes blandos.
En zigzag se desmoronaba la cordura,
En tres de raya que de tu sangre se abría.
Me incriminarías ser tan frágil en tu discordia,
Era obvio que la culpa es de nadie más que solo mía.
Tus mecanismos tan obvios para hacerme de un ser con malicia.
¿Y te soy sincero? Muerde la lengua que decapitaste y usaste de mascara:
En la burbuja de activa fijación que usaste de escudo que reventara
Cuando yo siempre me esté por librar.
Tu espiritualismo barato que proclamaste en acto de anarquismo,
Azaroso como tu tacto tan tosco.
Soltaste el cuchillo cuando las sirenas me salvaron.
Con los cortes en todos lados, de ti nadie se encontraba seguro.
Sigues en mí como sangre empapada en mi camisa,
Fresca y salvaje, como te gustaba tratar a quien llegara alinearse en tu brisa.
Y aun cuando de ti me alejaron, mis manchan solo empeoraron.
Como vino que jamás se exterminará de mis abrigos,
Como pensamientos que encarcelaran en sus aposentos.
¿Qué de nuevo me dirías de pies hincados?
¿Clemencia? Ninguna forma de hacerte de su pertenencia.
Ninguna objeción, porque el juicio ya ha acabado.
Tampoco negación, porque la sentencia ha comenzado.
Eres culpable, y de eso nadie te ha librado.
Púdrete en cárcel, porque este mundo has infectado.
si tengo que batallar por jamás verte tocarlos,
Créeme por cualquier maldita promesa esfumarte en escupitajos.
No llegarás nuevamente a lastimarnos,
Porque ahora solo somos fuegos bravos.
En el bosquejo que sembraste en mis arterias deberías perderte,
Jamás regresar, ni un indicio de ti alguien pueda percibirte.
¿Qué me llegarías a reclamar con el mentón al frente?
Mentiras blancas, anhelos negros.
El crimen que cometiste se volvió en el falso edén,
Utopías que alborotaste en mi destino por la melancolaza de tu desdén.
Ojo por ojo y diente por diente.
Hazte cargo del despojo y ordena tú mente.
Una vez en varios siglos un deslumbre incandescente de cariño se exiliaba,
Que con el vuelo de una diminuta mariposa se dispersaba.
Lo que debía ser una simpleza como cualquiera otra;
Se volvía un festín para adular su regreso en la mira,
Aferrándonos en su obsoleta costumbre al recital de una lira.
Tantas facetas, y aspirabas a peores escorias,
Me es imposible analizar tus desviaciones altaneras.
Débiles motivaciones que encontré en las ilusorias experiencias que compartimos,
Y me dejaste sin regresar en este bosque de tanta mala hierba,
La que maquinaba por mi auto saboteada paranoia
Que envolviste en cordura de tu epifanía.
Las voces me dicen que halle nuevas expectativas:
¿Cómo encuentras eso en tantas perfidias?
Los corazones pacifistas ya no son realistas;
Las grandes expectativas ya no son aspirinas.
Hace años que hemos concluido en el fin del trayecto.
Aléjate ahora, inmundo, abusante, abstracto esperpento.
Cuchillos de cortes, los que nos han perturbado por largos meses;
Cortes de cuchillos, en tus grietas simbolizan tu contador de cadáveres.
-Ricardo Antonio Mena Madera
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